
Escribiría su propia lista de los deseos. Y sería tan ridícula, tan ridícula que ella sola la vería. Y sería tan ridícula tan ridícula que justo al acabar de escribirla la destruiría.
Desearía que una sola vez le hubiera insinuado que le hacía ilusión tener esa clase de vínculo con ella, incluyendo toda la parafernalia que consideraba innecesaria. Desearía que bromeando e comentara que nunca descubriría el cómo ni el dónde hasta el justo momento en que descubriera su sonrisa final. Desearía recibir una sonrisa ante aquel apelativo cariñoso en lugar del bufido con el que solía desencadenar su respuesta. Desearía que lo que tanto amó no pretendiera hundirlo en el fondo del mar. Desearía que no intentaran convertirla en otra. Desearía que ese que giraba la esquina fuese el suyo y se prometía una y otro vez que sería la última vez que se pararía a contar hasta diez, si bien pudo agruparlos en diez montoncitos idénticos. Desearía esa cosa estúpida y extraordinaria rozando lo cursi. Desearía un nuevo comienzo.
Entonces se miró de nuevo los zapatos y recordó que las listas de los deseos no tienen sentido. Las lámapras y los genios se extinguieron hace ya tiempo. El frío de la noche helaba sus pensamientos y los convertía uno a uno en cristal haciendo que cobrase sentido la idea de realizarlos antes de que quedasen reducidos a simples mijitas de algo que en su momento fue lo más sólido que concibió.
Así que sintiéndose estúpida decidió que desearía no ser tan estúpida, no ser tan irracional, tan infantil y desmesurada, tan ilusa y melodramática. Desearía no esperar anda.
Y así sin esperar ni desear, sin ilusionarse ni sucumbir, se volvió nuevamente en un último intento de descubrir a aquel coche. Y al vovlerse de nuevo se encontró frente a frente con su nuevo yo.
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