Simplemente acumulaba días dejando que se llenaran las hojas de todos sus calendarios. Los vivía sí, pero inconscientemente sólo deseaba que uno alcanzara al siguiente para ver por fin superada su maldición.
Al principio recordaba día a día. Se comparaba y se dañaba con las edades malditas. Algunas desde aquel momento por siempre superadas. Pero otras martilleaban su cabeza y se grababan en ella: 16, 21 y 24. Cuando superara los 24 todo haría pasado pero hasta entonces el miedo se hacía patente en malos días y horas bajas. Miedo no compartido por no hundir a nadie más, su amenaza era unicamente suya.
Cuando hubo cumplido los 16 sólo había alcanzado uno de los primeros escalones. Con 21 todo se hallaba más cerca pero aún así no del todo lejano. Y para cuando cumplió los 24 ya había olvidado todos sus pensamientos macabros.
No fue hasta una tarde en la que se secaba el pelo, y quizás su alma, cuando se dio cuenta de lo mal planteado que había estado todo el asunto. La maldición no consistía en trece años de incertidumbres desquebrajadas al cumplir los 24, la verdadera maldición comenzaba ahora: una vez pasados todos aquellos años y asegurados a su manera, en ese mismo instante comenzaba la verdadera incertidumbre, y el cuándo y el cómo que atenazaban su mente.