miércoles, 23 de mayo de 2007

Asia


Aún no. Quedaba toda una hora durante la cual tendría que deleitarse con su trabajo. Aquel día su cubículo la agobiaba de sobremanera. Conservaba el miedo, el miedo a parecer ridículo a riesgo de serlo ya. Los planteamientos mentales también cuentan. Se sintió nuevamente patética así como hastiada. Se sentía sola, tristemente sola. Ella era de aquellas que pregonaba al soltería como lo mejor de la vida. Se jactaba de su continua libertad. Llegó un punto en el que sólo se engañaba a sí misma. Se sintió nuevamente ridícula porque esos planteamientos cruzaran de nuevo su mente. Herida, engañada por tanto, incluso por sí misma. Harta estaba de cenar con sus amigos, aquellos que solían acudir a las cenas de dos en dos, y que se empeñaban en decirle que la soltería era lo mejor que no reportaba tantas alegrías como obligaciones, para un segundo después acariciar por debajo de la mesa la rodilla de su acompañante en un gesto de complicidad que sólo ellos creían. Ella que era incoherentemente una romántica empedernida. Una feminista enamoradiza. Ella se veía empujada por sus compañeras pregoneras, candidatas de la hipocresía, a vivir una vida solitaria, sin convicción propia, sino por miedo a traicionarlas. Tarde señoras, el hecho de ser consciente de que realmente era una señora le hizo sentir una punzada de dolor en su estómago. Ya no se sentía ella. Añoraba ser ella. Su carácter se agrió y su humor se quedó hace ya tiempo en el camino de vuelta a casa. Sintió que tenía que venderse parcialmente para no hacerlo totalmente.
Aún sin decisión encendió el ordenador y entró en la página. Titubeante tecleo su nombre, a los pocos segundos se arrepintió y tecleo de nuevo, tendría un alias, sería Asia. Siempre amó ese nombre.

Cada tarde a eso de las siete comprobaba que nadie la mirara, encendía el ordenador y al colocarse su máscara era de nuevo Asia. Le gustaba Asia, era risueña, divertida, alegre, sensual e inteligente, y a juzgar por las numerosas conversaciones, a ellos también les gustaba Asia. A las ocho y media, cuando ya era hora de apagar el ordenador y volver a casa, María aparecía de nuevo.
Todos los días aparecía Asia y rebosaba felicidad, pero le costaba cada vez menos actuar y Asia era cada vez más ella, hasta que Asia consiguió deslizarse a todas las parcelas de su vida. Todavía sin hombres en su vida, alcanzó lo que más añoraba que no era tener a un hombre a su lado sino saber que en el caso de que lo quisiera no le faltarían posibilidades y ese fue el día en el que María y Asia fueron una y decidieron quemar la máscara.

jueves, 17 de mayo de 2007

Ella





Se tambaleaba de una esquina a otra, esta vez no se halló fuerte, pero aún se sentía jóven y como parte de un hechizo ya era bastante. LLevaba su lata en la mano, la raya de su ojo se convirtió en un borrón en su mejilla y la flor alojada en su pelo hace tiempo que se marchitó, o lo hubiera hecho de motu propio, si hubiera dependido de ella y el plástico no se le hubiera adelantado. Más que andar se mecía, se mecía para olvidar la realidad, la vejez que se adentraba como tinta a través de sus manos, trago tras trago se adentraba en su fantasía. Día tras día necesitaba más tragos para evadirse y acudir a ese lugar donde nadie le hacía ruegos ni reproches, donde soledad no era más que un nombre, donde aún era joven y feliz. Hace tiempo que no le rendía cuentas a nadie, hacía tiempo que nadie le reprochaba ni la esperaba en casa angustiado, mirando cómo las manecillas giraban minuto tras minuto pensando en qué mal momento creyó en ella de nuevo y confió en que sería la última vez. La última vez que aparecería borracha, que se habría gastado la paga del mes noche tras noche en el bar.
Ahora se encontraba mucho mejor, ya no se sentía coaccionada, era consecuente con lo que hacía. Quizás consecuente no, nunca sabía dónde podía acabar, más de una vez se sintió asustada por sus contínuas lagunas mentales. Paradójicamente eso ya no resultaba un problema: vivía en una continua laguna mental, una disolución perfecta de sus dos vidas.
Soltó su lata en la acera. Ya eran las ocho de la mañana. Como cualquier mañana se cruzaría con los mismos extraños que la mirarían de la misma forma: Una anciana bebiendo una lata de cerveza a las ocho de la mañana sólo evoca decepción y pena. Comenzaba a salir el sol y a un paso más lento todavía se avecinaba la vida real, esa en la que ella sentía asco por sí misma, pese a no hacerse ya vagas promesas de cambio, esa en la que sentía pena del tiempo malgastado que etiquetaba de robado.
Ya había pasado demasiado tiempo fustigándose, entró en el bar de siempre y compró una lata nueva.