
Aún no. Quedaba toda una hora durante la cual tendría que deleitarse con su trabajo. Aquel día su cubículo la agobiaba de sobremanera. Conservaba el miedo, el miedo a parecer ridículo a riesgo de serlo ya. Los planteamientos mentales también cuentan. Se sintió nuevamente patética así como hastiada. Se sentía sola, tristemente sola. Ella era de aquellas que pregonaba al soltería como lo mejor de la vida. Se jactaba de su continua libertad. Llegó un punto en el que sólo se engañaba a sí misma. Se sintió nuevamente ridícula porque esos planteamientos cruzaran de nuevo su mente. Herida, engañada por tanto, incluso por sí misma. Harta estaba de cenar con sus amigos, aquellos que solían acudir a las cenas de dos en dos, y que se empeñaban en decirle que la soltería era lo mejor que no reportaba tantas alegrías como obligaciones, para un segundo después acariciar por debajo de la mesa la rodilla de su acompañante en un gesto de complicidad que sólo ellos creían. Ella que era incoherentemente una romántica empedernida. Una feminista enamoradiza. Ella se veía empujada por sus compañeras pregoneras, candidatas de la hipocresía, a vivir una vida solitaria, sin convicción propia, sino por miedo a traicionarlas. Tarde señoras, el hecho de ser consciente de que realmente era una señora le hizo sentir una punzada de dolor en su estómago. Ya no se sentía ella. Añoraba ser ella. Su carácter se agrió y su humor se quedó hace ya tiempo en el camino de vuelta a casa. Sintió que tenía que venderse parcialmente para no hacerlo totalmente.
Aún sin decisión encendió el ordenador y entró en la página. Titubeante tecleo su nombre, a los pocos segundos se arrepintió y tecleo de nuevo, tendría un alias, sería Asia. Siempre amó ese nombre.
Cada tarde a eso de las siete comprobaba que nadie la mirara, encendía el ordenador y al colocarse su máscara era de nuevo Asia. Le gustaba Asia, era risueña, divertida, alegre, sensual e inteligente, y a juzgar por las numerosas conversaciones, a ellos también les gustaba Asia. A las ocho y media, cuando ya era hora de apagar el ordenador y volver a casa, María aparecía de nuevo.
Todos los días aparecía Asia y rebosaba felicidad, pero le costaba cada vez menos actuar y Asia era cada vez más ella, hasta que Asia consiguió deslizarse a todas las parcelas de su vida. Todavía sin hombres en su vida, alcanzó lo que más añoraba que no era tener a un hombre a su lado sino saber que en el caso de que lo quisiera no le faltarían posibilidades y ese fue el día en el que María y Asia fueron una y decidieron quemar la máscara.
Aún sin decisión encendió el ordenador y entró en la página. Titubeante tecleo su nombre, a los pocos segundos se arrepintió y tecleo de nuevo, tendría un alias, sería Asia. Siempre amó ese nombre.
Cada tarde a eso de las siete comprobaba que nadie la mirara, encendía el ordenador y al colocarse su máscara era de nuevo Asia. Le gustaba Asia, era risueña, divertida, alegre, sensual e inteligente, y a juzgar por las numerosas conversaciones, a ellos también les gustaba Asia. A las ocho y media, cuando ya era hora de apagar el ordenador y volver a casa, María aparecía de nuevo.
Todos los días aparecía Asia y rebosaba felicidad, pero le costaba cada vez menos actuar y Asia era cada vez más ella, hasta que Asia consiguió deslizarse a todas las parcelas de su vida. Todavía sin hombres en su vida, alcanzó lo que más añoraba que no era tener a un hombre a su lado sino saber que en el caso de que lo quisiera no le faltarían posibilidades y ese fue el día en el que María y Asia fueron una y decidieron quemar la máscara.
