viernes, 23 de marzo de 2007

Por un Chai Tea Latte


Esta vez comenzaba a refrescar.
Por una vez se estuvo quieta con su pelo, no había cortes arriesgados, ni colores imposibles.
El trabajo no le permitía esos lujos.
Habían decidido verse en Madrid, esta vez por cambiar y escapar de todo.
La historia iba cobrando cada vez más fuerza, aunque a veces se preguntaba hacia dónde iría, pero en cuanto veía su sonrisa aparecer tras cualquier esquina, olvidaba su pregunta.
El autobús se había retrasado y decidió dar un paseo por Fuencarral, siempre había sido su calle favorita. La llamó para disculparse y acordaron verse en el Starbucks de Gran Vía.
Se sentó en la mesa que daba a la ventana así podría ver a la gente pasar y mirar las tartas que había en el mostrador de su derecha.
Le vió cruzar la calle corriendo y entrar en la cafetería. La vió y se acercó para darle un beso, ella se perdió en su abrazo.
Le preguntó que quería: "un Chai Tea Latte"- dijo ella.
"¿Un qué?"
"Mira allí"
Fue a pedirlo y regreso a la mesa con un capuchino, el té y un muffin de chocolate para cada uno.

"Felicidades" y colocó en la mesa un paquete pequeño. Habían quedado para celebrar su cumpleaños, un poco de retraso no fastidia un plan. Cogió el paquete y vió que tenía una pegatina que ponía " De tu Franktasma particular" no pudo evitar reír. Lo abrió y descubrió las converse que había estado mirando hace media hora en fuencarral. Esas que él insitió tanto en que eran una pérdida de dinero y era mejor no comprarlas, dentro había un peluche, era muy chiquitito y tenía una cremallera en la barriga: "Vamos! Abrélo!" lo abrió y encontró un anillo con forma de estrella. Había sido el mejor regalo de ese año, aunque cualquier cosa que le hubiera regalado se hubiera convertido en el regalo estrella. Puso el peluche en la mesa, se puso las converse y el anillo en un dedo, quedaba perfecto.

Durante la siguiente media hora mantuvo un monólogo sobre cómo fue su exposición de tesis, no podía creérselo: ya era doctora. Él apenas le hacía caso, de vez en cuando sonreía y asentía. Pero en verdad miraba sus ojos, su sonrisa, la pasión con la que hablaba, su sonrisa, cómo movía las manos para explicarlo todo, su sonrisa, cómo se calentaba sus manos con la taza, su sonrisa, sus manos, su sonrisa, sus pies, su sonrisa, cómo se colocaba el flequillo, su sonrisa, sus dedos, su sonrisa, su dedo,...

No tardó en decirle lo que envidiaba esa ciudad por tener un Starbucks en cada esquina, también le odiaba a él por tener varios en su ciudad. Le comentó que en un ataque de desesperación había consultado su página web, por si había algún proyecto en Málaga, y que había descubierto que había seis Málagas en EEUU que ya contaban con uno, su indignación creció. Pero a fin de cuentas: "Starbucks nos alimenta y nos ilustra por un módico precio"- añadió sonriendo.

Su sonrisa, su dedo, su dedo.

"Eso tendría fácil solución, si te casaras conmigo siempre podrías ir al del centro."
"Sí, se lo explicaría a mi madre, mamá me caso por un Chai Tea Latte cada día"- bromeó.
"Si te sigues riendo, no podré pedírtelo formalmente"

Su cara cambió, se había prometido que nunca sucedería así pero ya era tarde, una lágrima recorría su rostro.

[Porque todas nos merecemos que nos hagan al menos una vez esa pregunta, independientemente de nuestra respuesta]

jueves, 8 de marzo de 2007

Fix you up...


- ¿La punta de los zapatos mojados?
- Si, ya sabes. Todo va bien, el resto del pie está bien o al menos no está mojado. Pero no puedes dejar de pensar que los dedos tienen que estar arrugados como pasas porque el madito zapato te ha calado sólo por la punta. Y para colmo de males te queda mucho tiempo para llegar a casa... En verdad no es más que una tontería pero te amarga.
- Pasas demasiado tiempo pensando...Esta tarde he dado un paseo. Quizás necesites uno, uno bien largo. Ponte música, desconecta. A veces me resguardo en mis gafas, sabes que no soporto mirar a los ojos, y no me vengas con el cuento de siempre, que no se puede confiar en quién no te mira a los ojos, existe una excusa que se llama timidez. El caso es que tengo mis gafas y te detienes a mirar a la gente, me gusta pensar a dónde irán, qué harán, si alguien les esperará, si algún día de casualidad los conocerás. Me apasiona la casualidad. ¿Recuerdas la vez que escribí una frase en un libro para ver si la casualidad hacía que lo encontraras?
- ¿Sabes las probabilidades que hay?
- Pues el caso es que cuando vas paseando y empiezas a sentir ese calor que aún no ahoga, que te permite llevar algo de abrigo pero no pasar frío. Cuando sientes ese aire fresco que te roza la cara y has sido lo suficientemente lista para llevar coleta y descubres a la gente que no lo ha sido y se pelea con el viento en una batalla perdida de antemano. Cuando sientes la suela de tus pies amortiguada por el asfalto y miras a aquellas que van peripuestas en sus tacones. Cuando vas mirando los tejados de tu ciudad como si estuvieras en el barrio más remoto de Roma. Cuando paras en la tienda de una esquina para comprar algo de comer y la señora con ese dulce acento argentino te dice que es nieta de malagueños y cómo extraña su país. Cuando disfrutas del centro sin bullas, con el reloj parado en las siete y a falta de gente todo está para tí. Cuando te sientas en el suelo de la libreria a ojear historias (y no lo cambiarias nunca por un sillón). Cuando llevas mucho tiempo buscando un regalo y lo descubres justo en frente de tí. Cuando de camino a casa ves a una amiga enseñándole la casa de Picasso a un grupo de poco más de un metro que van de excursión. Cuando vas por la calle y alguien te sonríe porque sí. Entonces, cuando has pasado por todo eso, se borran automaticamente todos los días con las puntas mojadas...

miércoles, 7 de marzo de 2007

Pero no se perdió


Se detuvo en sus ojos
esos que tantas veces le mostraron el bien y el mal
pero no se perdió en sus ojos

Se detuvo en su sonrisa
esa que tantas veces le había mostrado el lado dulce de la vida
pero no se perdió en su sonrisa

Se detuvo en su pelo
ese que enmarañó su vida
pero no se perdió en su pelo

Se detuvo en su voz
la que tantas veces le salpicó de vida
pero no se perdió en su voz

Se detuvo en su olor
el que le traicionaba constantemente aunque se encontrara a kilómetros de distancia
pero no se perdió en su olor

Se detuvo en sus manos
y se perdió en ellas

lunes, 5 de marzo de 2007

Se sintió ganar


Y colgó. Casí rompió el teléfono con ese golpe tan seco. Se acercó a la ventana del salón, quiso abrirla de un nuevo golpe y chillar, que le miraran daba igual: un loco más en el barrio no destaca demasiado. Suerte que vivía lejos, suerte que no la tenía cerca: la hubiera ahogado con sus propias manos. Cogió un cigarro, buscó el mechero. Fantástico, lo único que le faltaba era no encontrar el mechero, más cabreado aún se fue al lavadero a por las cerillas con las que encendía el butano. No había nadie más en casa a quién venderle su mal humor. No creía que nadie de buena gana entrase de todas formas en el trueque. Una vez en la terraza encendió el cigarro y miró la playa. Siempre quiso tener una casa en primera línea de playa porque se sentaría allí a pasar las horas leyendo con el olor a mar, solo cuando se cansara de oler horizonte se acercaría a él para darse un paseo por su arena. Pero nunca tenía tiempo. Recordaba cuando era un niño y vivía a muchas más líneas de distancia del mar, se sentaba en la terraza: su mesa y su silla de plástico de jardín, pese a no tenerlo, y se pasaba horas escribiendo, dibujando, buscando el olor de algo inalcanzable. Decidió amortizar su casa, salir a pegarse un paseo por la playa. Dejó atrás la farola y se encaminó hacia la arena. La playa estaba prácticamente desierta. No era un día de playa. No era un mes de playa. Antes era lo que solía disfrutar más, la playa desierta, la envidia de los coches que desearían estar en la playa y no de vuelta del trabajo.

Era una estúpida, cómo podía tener esa capacidad de echar cosas a la cara de esa forma. Una egoísta y una desconsiderada. Siempre había sido así, siempre lo intuyó, pero ahora lo sabía con toda la certeza posible.

Siguió caminando y se acercó a la araña de cuerdas donde jugaban los niños. Una imagen se visualizó en sus ojos para borrarse en una lágrima: ella haciendo el idiota bocabajo cuando llevaban un par de meses. Igualmente era una guarra. Nunca se podía discutir con ella, siempre tenía que llevar la razón. Llegó hasta un montículo y se sentó, cuando la arena rozaba sus dedos recordó que ya había estado sentado allí. No fue ayer, ni el mes pasado. Aún eran amigos pero él ya sentía lo que poco después se atrevió a decir. Ella le había llamado media hora antes desde una cabina a su casa, llevaba un mes de peleas continuas en su casa y no podía más, se verían en la Plaza de toros. Cuando la encontró comenzaron a andar en dirección a la playa, cuando llevaban un rato andando se sentaron, no habían hablado en todo el camino y una vez allí le preguntó: "¿Qué tal?", ella dejó de mirarle para perderse en el azul de sus ojos. Sólo conseguía decir palabras a medias, su respiración entrecortaba cada una de ellas, él la abrazó, sólo quería sacarla de allí, que no tuviera que llorar nunca más. No quería recordar aquello, no quería verse débil entonces, no quería que le flaquearan las piernas al pensar que ella no estaba sentada junto a él. Se levantó y siguió caminando prometiéndose una vez más odiarla eternamente.

Siguió andando, se puso a pensar en lo que haría cuando llegase el verano. Se le acababa el chollo, tendría que empezar a trabajar. Pero también quería hacer todo lo que con ella no había tenido oportunidad de hacer. Todas las limitaciones estaban caducadas. Era un acierto. La mejor decisión que había tomado en su vida. Cuando llevaba un buen rato se sentó en los bancos rojos del final de la playa. Y perdió la mirada para no obligarse a recordar. Se sentía verdaderamente cabreado con ella. Se había dado cuenta de que se conoce realmente a las personas a través de la última conversación que tienen: donde se dicen lo que realmente sienten, lo que realmente son, cuando se insultan y se alegran de que todo acabe, todos los sentimientos escondidos por humillación florecen de nuevo, más fuertes si caben y eres capaz de decir lo que nunca pudiste.

Sintió rabia contenida. Sintió que aún quedaban cosas por decirle, él también podía echarle cosas a la cara: sabía jugar a ser renconroso. Echó a correr calle arriba, dejando la playa atrás. Echó a correr buscando una moneda. Marcó su número, ella descolgó. Se sintió ganar y le dijo: "Lo siento, te quiero".