
Y colgó. Casí rompió el teléfono con ese golpe tan seco. Se acercó a la ventana del salón, quiso abrirla de un nuevo golpe y chillar, que le miraran daba igual: un loco más en el barrio no destaca demasiado. Suerte que vivía lejos, suerte que no la tenía cerca: la hubiera ahogado con sus propias manos. Cogió un cigarro, buscó el mechero. Fantástico, lo único que le faltaba era no encontrar el mechero, más cabreado aún se fue al lavadero a por las cerillas con las que encendía el butano. No había nadie más en casa a quién venderle su mal humor. No creía que nadie de buena gana entrase de todas formas en el trueque. Una vez en la terraza encendió el cigarro y miró la playa. Siempre quiso tener una casa en primera línea de playa porque se sentaría allí a pasar las horas leyendo con el olor a mar, solo cuando se cansara de oler horizonte se acercaría a él para darse un paseo por su arena. Pero nunca tenía tiempo. Recordaba cuando era un niño y vivía a muchas más líneas de distancia del mar, se sentaba en la terraza: su mesa y su silla de plástico de jardín, pese a no tenerlo, y se pasaba horas escribiendo, dibujando, buscando el olor de algo inalcanzable. Decidió amortizar su casa, salir a pegarse un paseo por la playa. Dejó atrás la farola y se encaminó hacia la arena. La playa estaba prácticamente desierta. No era un día de playa. No era un mes de playa. Antes era lo que solía disfrutar más, la playa desierta, la envidia de los coches que desearían estar en la playa y no de vuelta del trabajo.
Era una estúpida, cómo podía tener esa capacidad de echar cosas a la cara de esa forma. Una egoísta y una desconsiderada. Siempre había sido así, siempre lo intuyó, pero ahora lo sabía con toda la certeza posible.
Siguió caminando y se acercó a la araña de cuerdas donde jugaban los niños. Una imagen se visualizó en sus ojos para borrarse en una lágrima: ella haciendo el idiota bocabajo cuando llevaban un par de meses. Igualmente era una guarra. Nunca se podía discutir con ella, siempre tenía que llevar la razón. Llegó hasta un montículo y se sentó, cuando la arena rozaba sus dedos recordó que ya había estado sentado allí. No fue ayer, ni el mes pasado. Aún eran amigos pero él ya sentía lo que poco después se atrevió a decir. Ella le había llamado media hora antes desde una cabina a su casa, llevaba un mes de peleas continuas en su casa y no podía más, se verían en la Plaza de toros. Cuando la encontró comenzaron a andar en dirección a la playa, cuando llevaban un rato andando se sentaron, no habían hablado en todo el camino y una vez allí le preguntó: "¿Qué tal?", ella dejó de mirarle para perderse en el azul de sus ojos. Sólo conseguía decir palabras a medias, su respiración entrecortaba cada una de ellas, él la abrazó, sólo quería sacarla de allí, que no tuviera que llorar nunca más. No quería recordar aquello, no quería verse débil entonces, no quería que le flaquearan las piernas al pensar que ella no estaba sentada junto a él. Se levantó y siguió caminando prometiéndose una vez más odiarla eternamente.
Siguió andando, se puso a pensar en lo que haría cuando llegase el verano. Se le acababa el chollo, tendría que empezar a trabajar. Pero también quería hacer todo lo que con ella no había tenido oportunidad de hacer. Todas las limitaciones estaban caducadas. Era un acierto. La mejor decisión que había tomado en su vida. Cuando llevaba un buen rato se sentó en los bancos rojos del final de la playa. Y perdió la mirada para no obligarse a recordar. Se sentía verdaderamente cabreado con ella. Se había dado cuenta de que se conoce realmente a las personas a través de la última conversación que tienen: donde se dicen lo que realmente sienten, lo que realmente son, cuando se insultan y se alegran de que todo acabe, todos los sentimientos escondidos por humillación florecen de nuevo, más fuertes si caben y eres capaz de decir lo que nunca pudiste.
Sintió rabia contenida. Sintió que aún quedaban cosas por decirle, él también podía echarle cosas a la cara: sabía jugar a ser renconroso. Echó a correr calle arriba, dejando la playa atrás. Echó a correr buscando una moneda. Marcó su número, ella descolgó. Se sintió ganar y le dijo: "Lo siento, te quiero".
1 comentario:
Como ya dije antes...
¡Que bien escribes!
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