
Vacía.
La lágrima que recorrió su mejilla no era por pena, ya llegaría la pena, era por indignación, frustración, impotencia y en último lugar estupidez. Si se sentía de alguna forma era ridícula, estúpida e incoherente. Una vez más la vida la convertía en bufón, era aquella carente de poder sobre su propio destino que en aquellos momentos tan vívidamente le había sido arrebatado. Alguna vez leyó: "La excusa más cobarde es culpar al destino" y esta vez era cierto. No sabía si otras veces lo era o no, pero esta vez estaba convencida. Por eso se maldijo, por desperdiciar momentos y momentos para verse ahora asolada por el reloj, ese que en su tic tac imperturbable le recordaba a cada instante lo efímero de todo. Y se rio, pero no con una risa tímida sino a carcajada pura esperando que cada nuevo grito le despojará de todo su dolor y el rencor que sentía. Y reía, en un risa amarga que se fue tornando pena y acabo colmándola de lágrimas.
Tanta preocupación por evitarlo y cuando le echó el valor, y la necesidad, para verlo de frente no había nada que afrontar.
Y esta vez no se sintió ridícula, ya no, ahora simplemente sentía pena de sí misma y ¿acaso hay algo peor?.
A lo lejos oía susurros, con voz de ultratumba que le recordaron al poeta y que murmuraban "yerma".