
Allí se encontraba colgado. Aún inherte, tras sus 2 horas correspondientes luciría como él sólo sabía. Sería clave de todas las miradas, sería centro de atención. Esa era la parte que más miedo le daba, la parte en la que deseaba huir a Las Vegas o a Vermont y hacerlo a escondidas. Ella y él, siendo ella y él y no ellos. Un miedo asaltó su mente: ¿y si no se presenta?¿y si se arrepiente y me deja allí plantada? No sería la primera ni la última. Intentó quitarse ese pensamiento de su cabeza.
Colocó los zapatos al lado del vestido, junto al velo prestado, los pendientes regalados y la liga azul. Sólo podía confiar en que no faltara nada. En cinco minutos llegaría la peluquera y la maquilladora, sus padres merodearían por allí. Y en un rato poco más largo tendría que salir de casa. Se acercó a la cocina y se tomó la tercera valeriana del día, ella se sentía igual pero no quería pensar cómo estaría si no se la hubiese tomado. El ramo, faltaba el ramo! Ah, no. Su hermano había ido a por él. Y si él no aparece, simplemente le entra miedo, ese mismo miedo que ella sentía en aquellos momentos. No no puede sentir miedo, nunca me haría eso. No pudo imaginar en las pruebas que la dejarían tan bonita, la peluquera le colocó las últimas flores que engarzaban su pelo. Sencillamente ella, no quería disfrazarse como la mayoría de las novias que había visto. Subió sus medias y se colocó la liga. Liberó uno a uno cada botón. Introdujo primero una pierna y después otra en el vestido y lo subió. Su madre lo abotonó de nuevo. Con los zapatos ya puestos se sentó frente al espejo, le colocaron el velo dejando libre su cara al viento. En ese momento decidió que se le apetecía un paseo con su padre hasta la iglesia, el suntuoso coche podía esperar, el alquiler duraba todo aquel día. Se cogió al brazo de su padre y comenzaron el paseo por las calles del barrio. Sentía ganas de llorar pero se contuvo. Pensó en lo que había costado el maquillaje y se echó a reír. Sentía que su padre la miraba con emoción, no hizo falta hablar durante el camino, sobraban las palabras. La puerta de la iglesia estaba desierta, todos la esperaban dentro. El primer escalón fue el que más le costó, con el miedo implícito de que él no estuviera y que todos sus miedos se hubiesen convertido en realidad. El segundo escalón disipó todas sus dudas cuando vio su cara sonriente al final del pasillo. Sólo en ese instante, en ese preciso momento, comprendió que iba a ser el día más feliz de su vida.
Para D. con todo mi cariño (aunque
nunca llegues a leerlo)