
Primero sientes pena, una pena que te inunda de arriba a abajo y que te hace olvidar cómo respirar. Te dicen que respires y no sabes bien cómo, pero piensas que en el fondo tienes que estar haciéndolo porque sigues vivo, requieren respiración consciente y lenta.
Pasan los minutos, incluso las horas y aunque la pena sigue latente en mayor medida es la ira lo que se va a poderando de tí y eres consciente de que eso no tiene porqué pasarte a tí, y te sientes en la parte baja de la balanza, no te dejan subir al otro plato, ese que está arriba y parece tan tranquilo. Entonces experimentas ganas de llorar con ganas de pegar, aunque suelen ganar las de llorar.
Y llegará un momento en que no te queden lágrimas para llorar y en el que en el fondo digas: " y qué más da", autoengañándote como de costumbre, pero en ese preciso instante sentirás un remanso de paz.
Maldices los recuerdos que se clavan como cuchillos y agradeces inmensamente los brazos que te sacan de todo lo demás.
Aunque sabes que tras fingir estar dormida tendrás que volver a verle.