
A colación: Nunca se me dio demasiado bien poner las cartas sobre la mesa. Pero quizás por razones distintas de las de la canción. Y es que ella no entiende tantas cosas. No entiende porque se quedó sin lágrimas paseando por Madrid, recorriendo cada una de sus calles sin mirar nada y viendo a la vez la cara de los que se cruzaban con ella y la veían llorar. No entiende porque sólo ella tiene lágrimas, sólo ella no quiere estar con nadie, sólo quiere pasear la soledad que siente, siente que en ese momento nadie más alcanzaría a entender lo que siente, es posible que ella misma no sabe lo que siente. Se sienta en un portal apartado y piensa en el coche que tiene frente a ella. En cómo está ella y cómo estará él, riendo, jugando. Ojalá algo le impactara y le hiciese reaccionar. Ojalá las preocupaciones no fuesen de boquilla.
En esos momentos su cuerpo se divide: la parte que desea que se implique, que reaccione, que tenga emociones ha vuelto a perder para dejar paso a la parte que no desea verle en un tiempo. Ella echó a andar alejándose pero al poco, cuando notó que le echaba de menos, deseaba que su coche apareciera a la vuelta de la esquina. La indiferencia la estaba asfixiando.
Lo que más le costaba entender era por qué si tanto le gustaba su ilusión, si era lo que les complementaba en cierta medida, porque la destrozaba cada vez que le decía que la vida no era una comedia romántica, que lo fuese olvidando. Inocherencias como: no voy a dejarte aquí que es peligroso, pero no me preocupa tanto donde puedas estar ahora. Y sin embargo, ella está tan cansada de justificarle, de poner la sonrisa de boba cuando le dicen que ha cambiado.
Justo cuando llegaba a casa un pensamiento cruzó su mente, suerte que se borró. Pero en el fondo, muy al fondo, siente susurros.
